Fintech debiera ser aquello que permitiera alcanzar la libertad financiera a cada cual.
Para alcanzar este objetivo la aplicación de la tecnología a los servicios financieros no puede tener otro prisma que la realidad del propio cliente. No podemos dar pasos que no hayan pasado por el estudio detallado de las costumbres de un cliente con su dinero y la relación que tiene con su cuenta bancaria y sus inversiones. Las fintech, ante todo, deben proponer cultura financiera y ayudar a educar en mejores hábitos a una sociedad como la española que ha vuelto a suspender en cuanto a conocimientos en finanzas en el último informe PISA. El objetivo no puede ser otro. Una correcta planificación financiera es el éxito de cualquier economía familiar. La llegada de la tecnología al sector financiero sólo debe perseguir esto.
Lo que hemos vivido hasta ahora en el sector fintech es, en la mayoría de los casos, la digitalización de los servicios financieros. Esto es mudado de la oficina bancaria a la pantalla del smartphone lo cual nos ha ahorrado tiempo al evitar colas y nos ha ahorrado costes pues los bancos se ahorran al que está en caja.
Con todo y con eso aún vemos muchas colas en las oficinas bancarias y muchos clientes que prefieren la interacción personal a la comodidad del uso del pulgar. Si nos fijamos veremos que no sólo son gente mayor y que no todos alegan el término seguridad como respuesta al motivo por el que van aún a la oficina.
La digitalización está bien para los premios de diseño pero es inútil si sólo se queda en esto o si las alertas se basan sólo en los pagos para que tengamos mayor control sobre la cuenta.
Para ser considerado fintech, este proceso debiera dar un paso más. Entender las costumbres de los clientes y ofrecer consejos y predicciones sobre la repercusión de los movimientos tanto en el disponible como en el ahorro.
Obviamente, para ello, es indispensable conocer al cliente tanto financiera como, sobre todo, personalmente. Y esto último brilla por su ausencia. Hemos priorizado otras cosas que es competir en el terreno de la banca haciendo lo mismo que ella hace y sin, una vez más, escuchar a los clientes.
Cuando uno se hace cliente de un banco o de una gestora, la batería de test que debe contestar es la siguiente: KYC o conoce a tu cliente con todos los datos personales (incluye estado civil y procedencia de ingresos) y test de idoneidad que procura entender el grado de conocimiento, experiencia y propensión al riesgo del cliente. En contadas entidades los clientes, además, son invitados a contestar un formulario en el que les invitan a soñar y compartir sus objetivos vitales a diferentes plazos temporales con el fin de poder dibujar su planificación financiera. La realización de todos esos tests es hoy más un arma defensiva que proactiva para el sector financiero. Suelen hacerse el primer día pero luego esta información no se mantiene viva. Y aquí es donde el fintech debe marcar la diferencia.
Debe seguir el ciclo vital del cliente, debe, por ejemplo, cambiar los tramos de los ingresos anuales fijados con el cliente gracias a que controla el flujo de ingresos en la cuenta del cliente; debe alertar que la compra de una acción va contra su perfil de riesgo y que si hace el pago de ese súper móvil de última generación que no tenía previsto se quedará en descubierto en dos días y que no se podrá ir de vacaciones hasta dos semanas después de lo previsto. Y así en otras muchas cosas.
Nadie quiere decir a su cliente lo que no puede hacer. Todos buscan ser friendly. Pero ese no es el objetivo.
El objetivo es divulgar, es contribuir a mejorar la libertad financiera de todos y para ello es necesario educar y concienciar. Esto sí es fintech